Amores Perros o el nuevo cine de oro mexicano. #TBT

Amores Perros o el nuevo cine de oro mexicano. #TBT

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El año dos mil no sólo trajo un nuevo milenio y una nueva oportunidad de cambios. Trajo la renovación del cine mexicano, el punto coyuntural que lo haría emerger de su estancamiento y que pondría la pauta para que el mundo volteara a ver lo que los realizadores mexicanos tenían que contar en sus historias.
Podemos decirlo sin más, la ópera prima de Alejandro González Iñarritu, Amores Perros (2000), marcó el camino y se estableció como el punto de partida para la nueva época del cine mexicano, una nueva época que, aunque muchos no lo crean; podría arriesgarme a llamarle el nuevo cine de oro mexicano. Dicha época de oro ha logrado llegar hasta nuestros días con películas ejemplares y libres de todos aquellos nefastos clichés repetitivos: Luz silenciosa (2007) de Carlos Reygadas; Heli (2013) de Amat Escalante, Después de Lucía (2012) de Michel Franco, por decir algunos. Siendo el caso más notable (y particular) la película de Alfonso Cuarón, Roma (2018), colocándose como el punto álgido de la cinematografía mexicana contemporánea; pero de ella hablaremos en alguna otra ocasión.

¿Cuál es la fórmula que siguió Amores Perros para ser Trending mundial en su tiempo? Muchas personas la han mal nombrado como “la Pulp Fiction mexicana”, nada más lejos de la realidad. Guillermo Arriaga, escritor de amores perros, es un ávido lector de William Faulkner, creador de la multiperspectiva y de un estilo narrativo donde el tiempo logra ser distorsionado, donde la temporalidad no es una abstracción sino una materia prima que se trabaja, se fragmenta, se corta, se estira y se combina con otras temporalidades para crear un discurso narrativo complejo pero bello. Así, Amorres Perros está más cerca de Faulkner, más cerca, incluso, de la obra maestra de Akira Kurosawa, Rashomon (1950) que de Quentin Tarantino.

Urbana, sí; esa es la esencia de Amores Perros. Antropológica, es decir, casi un tratado cinematográfico de la realidad mexicana y de su complejidad social. Amores Perros es, pues, un collage donde se sobreexponen todas las perspectivas del ideario mexicano: la muerte, la corrupción jurídica, el contraste de clases sociales, la mentalidad chacal, padres ausentes, madres abnegadas, hermanos complejos, etc. Recordemos la escena donde dos hermanos están luchando por un arma: quien logre hacerse con ella podrá descargar su furia sobre el otro ¿No es este un bello ejemplo del México de nuestro tiempo? Hermanos contra hermanos derramando sangre por las calles, sangre por los bosques, sangre por las selvas.
Me atrevo a pensar, sin lugar a dudas, que la obra de Iñarritu es el resultado cinematográfico del libro de Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad. Un delicado (y tal vez no intencionado) análisis de nuestra cultura en carne viva. Ya en su tiempo existió otro hombre que buscó aquél México violento, donde los lazos de sangre y los del corazón encuentran límite en la frontera de las obsesiones terrenales y donde las pasiones oscuras del corazón se encuentran palpitando como un volcán a punto de explotar. Me refiero a Arturo Ripstein, inactivo hasta el día de hoy. Él, al igual que Iñarritu, han buscado desentrañar en su obra los perversos rincones del alma llevando más allá a los personajes, más allá a nuestras sensaciones y más allá a las emociones y los conflictos psico-dramáticos que nos dominan.

Una vez alguien me dijo “Amores Perros es un trozo de carne”, a este respecto no sé qué tan cierto pueda serlo, sin embargo, no niego que cada vez que reviso Amores Perros, me siento como un comensal ansioso de dar la primera mordida; enfocándome en observarla desde un punto de vista nuevo. Tal como quien disfruta la carne bien cocida un día, en término medio otro día y bien sangrante otro.

Texto por: Carlox Cadena

Cineasta

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