Joker ¿Es el Taxi Driver de nuestros tiempos?

Joker ¿Es el Taxi Driver de nuestros tiempos?

Había tenido unos días difíciles antes de decidir ir al cine, llevo algunos meses viviendo en España, estaba desvelado por tres días de concierto y llegar en la madrugada a casa totalmente ebrio. Esperaba con ansias poder ver la película protagonizada por Joaquin Phoenix por lo que decidí comprar mi entrada por internet. Al llegar me hice con un delicioso combo de palomitas y refresco (iba solo, como casi siempre cuando voy al cine).

En fin, Joker es una cinta voraz, que golpea constantemente y que, sin duda, hay que elogiar, sí, por su intensa narrativa y por aquella estructura tan bien elaborada por Todd Phillips, su director. Sin embargo, otra característica que sin duda alguna debe ser un punto de enfoque especial es el severo discurso visual y el sonoro: imágenes poéticas que van sucediendo y que nos van sumergiendo en la identidad y el perfil psicológico de nuestro protagonista; todo en la película es tensión. Recuerdo aquella magnífica toma cuando Arthur Fleck se encuentra sentado, sin camisa y encorvado mientras arregla su zapato de payaso: una forma que más que un ser humano es un tenso nudo de piel y huesos que nos habla de lleno, sin palabras, de la tensión existencial que llena de agonía la mente del personaje. En este tenor se van desarrollando diferentes planos que llegan directo a lo más profundo de nuestras almas ya que, finalmente, no hay que perder de vista que una imagen dice más que mil palabras.

No conforme con poner a prueba nuestra comodidad, el director decide angustiarnos con música delirante, pero, sobre todo, con un sonido ambiental sucio y saturado: no es casualidad que las escenas en el metro sean un agonizante rito de desesperación que nos empuja por aquellos túneles oscuros junto con Arthur a su propia transformación en el demonio de la risa que se convertirá. No es extraño que cada vez que volteaba a mi alrededor los espectadores –al igual que yo- se acomodaran una y otra vez en sus asientos tratando de reencontrar su estabilidad emocional, pero, sobre todo, aquella esperanza lejana de que el personaje tuviera tan solo un instante de sosiego y así poder respirar.

Joker no permite ni un respiro. Cierto, a lo largo del filme suceden pequeños gags que funcionan para poder liberar la tensión de los espectadores (tal como se hace en películas como Avengers donde existe un “estira y afloja” entre los momentos trepidantes y los chistes), sin embargo, estos gags son grises y se diluyen en la sobrada intensión dramática. Hacia la mitad de la película es difícil encontrarse con uno mismo para poder reír holgadamente en los instantes que se antojan como más risibles. En lo particular, poco a poco fui dejando de reír y me sentía confundido por lo que observaba, me decía “¿Debería reírme por esto o no?”, era así: no sabía qué debía sentir, la película había logrado impactarme tanto como ninguna otra película en mi vida –no por lo menos desde Dancer in the Dark (2000).

Me atrevo a afirmar, querido lector, que, preciándome de ser un ávido espectador de cine, nunca había visto una película como esta, es decir, un filme donde las emociones parecen un enarbolado y retorcido árbol de desesperanza y donde los sentimientos confusos y palpitantes del protagonista pasan a ser parte de uno mismo, de quien decide disfrutar del cine y no se espera ser envuelto por aquél bendito juego cinematográfico.
Faltando aproximadamente veinte minutos mi ansiedad había llegado a su límite: el sonido, las imágenes, la narrativa, las personas incómodas a mi alrededor, todo me había llevado a una espiral de desesperación tal que no pude hacer nada mejor que levantarme y salir de la sala. Una vez afuera del cine sólo temblaba y respiraba agitado. Le mandé un mensaje de voz a mi novia y a mis amigos, me sentía mal, pero, por otro lado, me encontraba excitado ya que lejos de poder pensar lo que todo aquel que se ha salido de la película, es decir: “No deberían permitir que se siga exhibiendo”, “¡Qué asco de película, es muy violenta!”, etc; lejos de pensar todo aquello, me emocionó la idea de que una película había logrado patearme tanto el trasero que tuve que salirme. Con tantas películas que he visto en mi vida yo he llorado, reído, he tenido angustia y desesperación, en fin, toda una gama de sensaciones y emociones que jamás me hicieron creer que podría salirme de una proyección. Qué equivocado estaba. Me emociona demasiado poder experimentar de lleno aquello que un director se propone como razón final: transmitir las emociones y texturas necesarias en el espectador para que este logre sentir algo, para que invariablemente establezca una conexión real con su obra y que se deje llevar hasta donde su percepción sensorial de los acontecimientos en pantalla se lo permita. Creo que, sin duda, habla indudablemente bien del gran trabajo de dirección que realizó Todd Phillips, un director que se propuso retar a la audiencia, que, metafóricamente, tomó un palo sucio y golpeó una y otra vez al alma humana como solo aquél sueco brillante, Ingmar Bergman, podía hacerlo.

Joker es, pues, un filme mayor, una obra maestra del cine contemporáneo que no nos habla únicamente de un personaje y de su sufrimiento, no, es el retrato de la sociedad actual y agonizante que navega en el mar de la locura y que satura las calles día con día, acechando y esperando no ser acechados, rechazando aquellos renglones torcidos de Dios que únicamente buscan una oportunidad, una última oportunidad para ser amados, para ser considerados seres humanos y para que su voz sea escuchada en un universo oscuro donde los oídos han dejado de ser uno de los cinco sentidos y han pasado a ser una aplicación más, un artefacto más que ha perdido la señal y que se niega en abrirse a las palabras de aquellos infelices que ríen dolorosamente –porque llorar ya no pueden- para decirnos “yo soy, existo”.

Finalmente, por si se lo está preguntando, querido lector, sí, sí regresé días después al cine para terminar Joker. Ha ingresado automáticamente en mi lista de mis diez películas favoritas. La Taxi Driver (1976) de nuestros tiempos. Claro está que no es una película perfecta, sin embargo, las particularidades que no me convencieron del filme son un pequeño copo de nieve en el inmenso océano de fuego que es la película, es decir, se funden ante la monumental actuación de Phoenix, la dirección de Phillips, la fotografía de Sher, el perfecto montaje de Groth y, en fin, todo el denso mundo que hacen de Joker una película digna de ser un clásico del cine universal de nuestros tiempos. Así que sólo me queda dar un consejo: agradezcan millenials, agradezcan estar contemplando el nacimiento de una leyenda del cine, de esas leyendas que nos regalaba Federico Fellini, John Ford o Akira Kurosawa.

Texto por: Carlox Cadena

Cineasta

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